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Ver a alguien que está teniendo un ataque de ansiedad resulta casi tan angustiante como la que lo
está sufriendo y más si se trata de alguien muy cercano a ti, ya que la experiencia es de alguien
que siente que se va a morir, por lo que las personas que lo rodean pueden optar por dos
posturas, la primera es que se asusten igual que ellos o la segunda que crean que es un
dramatismo total, ya que no hay una causa aparente.
Pero ambas posturas en realidad no saben qué hacer, por lo que vamos a explicar: ¿Qué es un
ataque de ansiedad?, ¿Qué síntomas se presentan? Y daremos algunos consejos de qué es lo que
podemos hacer y que no debemos de hacer, de esta manera podremos ser de un gran apoyo en
una crisis de esta índole.
Un ataque de pánico es un periodo corto en el cual una persona comienza a sentir súbitamente
todos los síntomas elevados de ansiedad sin una razón aparente, emocionalmente comienzan a
sentir terror atroz acompañado con una muerte eminente y físicamente comienzan a sentir varios
cambios fisiológicos como aumento de la temperatura corporal, fuertes palpitaciones, taquicardia,
sudoración, temblores, miedo a perder el conocimiento o a morir, sensación de ahogo, opresión
en el pecho, dificultad para respirar o hiperventilación, sensación de entumecimiento u
hormigueo.
Es como si tuvieran a un león de frente lo cual les hace creer que van a morir, es importante
señalar que nadie muere por un ataque de ansiedad, generalmente dura periodos cortos de 5 a 10
minutos, aunque hay casos que puede durar un poco más. Los síntomas se podrían confundir con
los iniciales de un ataque al corazón o un ataque de asma por lo que es importante descartar estas
dos posibilidades.

Consejos de lo que se debe de hacer durante un ataque de ansiedad:
 Mantener la calma: si nuestro acompañante nos ve calmados y tranquilos, es muy
probable que se la transmitamos, de lo contrario solo alteraríamos un poco más.
 Contenerle: Darle palabras de paz, por ejemplo: esto es pasajero, va a durar unos
minutos, confío en ti, puedes superarlo, mantente en el presente y reiterarle que su vida
no corre peligro.
 Respirar: tratar de que regule la respiración, podemos respirar junto con ella de forma
tranquila para que se una a nuestro ritmo, teniendo cuidado de que no caiga en una
hiperventilación, sí ese es el caso ver si tenemos una bolsa de plástico o papel estraza para
que pueda inhalar y exhalar en ella, si no hay bolsa tratar de hacer que la persona use sus
manos juntas ahuecadas y que respire en el pequeño orificio entre los pulgares, mientras
se regula.
 Distraerlo: es decir tratar de que su atención cambie de foco y que se concentre en otra
cosa, como hacerlo que salte en tijeras o subir y bajar los brazos, actividades sencillas

para distraer su mente, así mismo también puedes pedirle que imagine algo hermoso
como un paisaje, el océano, un bosque algún escenario que lo tranquilice.
 Cambiar de lugar: si están en un lugar encerrado o con mucha gente, pídele que te
acompañe a un lugar más tranquilo y con más aire.
 Ofrecerle un paño húmedo: esto le va ayudar a regular su temperatura corporal y
distraerlo.

¿Qué no se debe de hacer durante un ataque de ansiedad?
 Evita tocarlo: pero si es necesario hacerlo, pídele permiso para hacerlo.
 Evita decirle frases como: todo está bien, tranquilízate, cálmate; acuérdate que la
sensación es como si tuvieras a un león de frente, por lo que tienes que tratarlo como tal.
 Evita hacerle preguntas de la causa del ataque, posteriormente le podrás preguntar pero
no en el momento, ya que podría empeorar.
 No juzgarlo: en ese momento la persona se encuentra muy sensible, por lo que frases
como no exageres, no hay nada o todo está en tu mente, es una forma de invalidar a la
persona y sus miedos

Es importante que posterior al ataque de pánico tengan una conversación y preguntarle si le ha
pasado con anterioridad y con qué frecuencia para poder realizar un plan de acción, sí es que se
llegase a repetir un ataque, ya que cada persona es diferente y reacciona distinto, así mismo
sugerirle ir con un especialista o con psicoterapeuta para que le pueda apoyar en su proceso.


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La ansiedad es una respuesta generada por una de las emociones básicas que es el miedo con
relación a un escenario del futuro, es decir se anticipa un evento probable o relativamente
incierto que tomamos como una amenaza a nuestra existencia o peligro eminente.
Ante una situación de temor nuestro organismo se prepara para luchar o huir, ya que la finalidad
es protegernos, es decir cumple una función adaptativa sana. Pero cuando el miedo y la ansiedad
se experimenta ante objetos relativamente inofensivos o no se presentan del todo y comenzamos
a vivir la experiencia de peligro entonces es cuando presentamos un desbalanceo emocional y una
desregularización del miedo donde los síntomas pueden ser alarmantes para la persona que los
sufre.

¿Qué pasa con mi cuerpo cuando entro en estado de ansiedad?
Nuestro organismo está ante una situación de amenaza, activa nuestro sistema simpático (SNS) y
parasimpático (SNP). El primero es el responsable de la respuesta de lucha y/o huida, es decir
prepara a nuestro cuerpo para la acción y el segundo es el encargado de regresar a nuestro cuerpo
a la normalidad.
Cuando estamos en una situación de peligro nuestro cuerpo produce adrenalina, noradrenalina y
cortisol y se activa el sistema nervioso simpático para darle respuesta a la amenaza, el problema
radica en que no le damos salida a las respuestas fisiológicas generadas, volcándose en contra
nuestra, es decir “como no hay nada afuera entonces yo soy la que estoy mal”, volviéndose un
problema cognitivo y proyectivo disparando los síntomas con más intensidad con una sensación de
pérdida de control.

Algunos de estos síntomas son:
Incremento en el ritmo cardiaco, fuerza de las palpitaciones, respiración acelerada y entrecortada
(hiperventilación), dolor o sensación de atragantamiento o ahogo, mareo o aturdimiento,
sudoración incremento de la temperatura corporal o escalofrió, nausea, dolor abdominal o
diarrea, temblores o sacudidas corporales adormecimiento o temblores de las extremidades,
tensión o rigidez muscular, sequedad bucal, sudoración, cefaleas, visión borrosa, sensación de
debilidad, pensamiento acelerado, problemas de memoria, entre otras.

La importancia de estos síntomas radica en su intensidad, frecuencia y duración, si persisten
pueden quedar esquematizados patológicamente en el cuerpo o en el plano psicológico.
Algunas enfermedades que pueden desencadenarse:
En el plano físico: en consecuencia de la segregación del cortisol, adrenalina y noradrenalina son:
Gastritis, ulcera gastroduodenal, colitis, Hipertensión arterial, dolores de cabeza, amenorrea, acné,
aumento de grasa visceral, fatiga adrenal entre otras.

En el plano psicológico: fobias, trastorno de pánico o angustia, trastorno obsesivo compulsivo,
trastorno de estrés postraumático y trastorno de adaptación.
Es importante subrayar que los episodios esporádicos de ansiedad no generan una patología, es la
frecuencia de ellos lo que puede desencadenarlos, hoy día existen varios métodos y psicoterapias
de apoyo eficaces para tratar la ansiedad.

 

REFERENCIAS
Ellis Albert, “Cómo controlar la ansiedad antes de que le controle a usted”, 4ª Edición, Editorial Paidos, Barcelona
España, 2013.
Luengo Ballester, Domingo “La Ansiedad al descubierto” 1ª Edición, , Editorial Paidos, Barcelona España, 2004.
Shlatter Navarro Javier, “La ansiedad un enemigo sin rostro” 1ª Edición, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona,
España, 2003.
Rojas Montes Enrique, “La Ansiedad :cómo diagnosticar y superar el estrés, las fobias y las obsesiones” 1ª Ed. Editorial
Temas de Hoy, Madrid España, 1998.

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Tener una comunicación constante con nuestro cuerpo nos vuelve más consientes de nosotros mismos y podremos evitar enfermarnos o detener a tiempo el desarrollo de la misma. La pregunta sería ¿Cómo podemos tener esta comunicación?

Para llegar a este entendimiento es necesario desarrollar la atención plena, estar atento en el aquí y ahora, disfrutando y aceptando el momento en completa presencia. Sólo es observar activa y abiertamente nuestros síntomas,  tratar de visualizar en donde están localizados, para posteriormente tratar de comprender su origen y el tiempo en el que se gestaron, cuestionarnos qué circunstancia estábamos viviendo en ese momento para encontrar una posible relación.

Desde principios del siglo pasado, Wilhelm Reich y Alexander Lowen comenzaron a estudiar la estrecha correlación del cuerpo con la salud emocional. Lograron comprobar que el cuerpo es la memorización y expresión de las experiencias vitales, de esta forma la estructura corpórea iba cambiando acorde a la restricción, supresión o manifestación emocional de las personas.

El cuerpo por si solo ya ejerce una sabiduría propia para funcionar, y cuando necesita algo, o se encuentra en desequilibrio, se manifiesta por medio de señales a las que les llamamos síntomas, los cuales se pueden manifestar físicamente o mentalmente.

Las que se manifiesta físicamente pueden ser visibles,  por ejemplo, cuando aparece un salpullido, hinchazón o alguna irritación, mientras que los no visibles pueden ser malestares, temblores, fiebre, entre otros; mostrándonos que tenemos una anomalía.

De la misma forma resulta en la parte psicoemocional, comenzamos a tener ansiedad, estrés e irritación, manifestándose por de física a través de taquicardias, cefaleas, dolores musculares, temblores entre muchos otros.

En ambos casos los signos son muy notorios pero ¿qué pasa que no los vemos? Estamos tan inmersos en nuestras actividades que las pasamos por alto y muchas veces se nos hacen costumbre y comenzamos a normalizar los síntomas acogiéndolos a nuestras vida diaria, hasta que llega un día que se vuelve irreversible volviéndose una enfermedad crónica o un trastorno psicológico.

Por ello, es de vital importancia escucharnos y atender a nuestro cuerpo. Éste un indicador de nuestro interior, nos marca hacía dónde debemos movernos para mejorar nuestra salud y seguir con nuestro desarrollo como personas, nos marca aspectos de nosotros mismos y qué nos falta trabajar emocionalmente, por lo que nuestra sintomatología se vuelve un mapa.

 

Para comprender este mapa debemos estar atentos a:

Nuestras emociones, aceptándolas sin reprimirlas, sin bloquearlas, sin emitir un juicio, ya que nos dicen qué necesitamos,  qué nos falta por hacer, qué ya no queremos hacer o qué queremos seguir haciendo. Para ello es importante detectar la emoción que surge en el momento, cuestionarnos para que surgió esta emoción? Etimológicamente la palabra emoción viene del latín y significa movimiento o impulso, por lo que nos tenemos que cuestionar a que nos invita la emoción que hagamos. Todas nuestras emociones primarias nos ayudan a adaptarnos con nuestro entorno y centrarnos con nosotros.

Nuestros pensamientos, ya que nuestra interpretación de las circunstancias es el parteaguas de cómo vamos a vivir nuestra vida. Es decir, entre más pensamientos positivos generes, tu cuerpo se sentirá en un mejor para desempeñar mejor sus funciones, desde trabajar hasta las más primarias como respirar, comer o dormir. Desde este ángulo lejos de angustiarnos por nuestras dolencias o síntomas podemos escucharlas para hacer las adecuaciones necesarias desde la certeza que son para nuestro bienestar.

En los ambientes en que nos desenvolvemos, es decir muchas veces estamos en ambientes tóxicos o con personas que nos generan estrés, angustia manifestando ciertos tipos de síntomas corporales. Por ello es importante estar atentos de nuestro cuerpo para estar en armonía y poder discernir con quien nos relacionamos y en donde.

Nuestro cuerpo es el reflejo de lo que realmente somos, proyecta nuestras creencias, emociones, sensaciones, pensamientos, por lo que cada dolencia síntoma, enfermedad o cualquier anomalía es una oportunidad para entrar en comunión con nosotros mismos para vivir sano, pleno y en armonía. Es por eso que cada padecimiento debe ser tratado una forma integral donde debe ser evaluado tanto en lo físico como lo psicoemocional.

 

 

 


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