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Aunque parezcamos iguales unos a otros y genéticamente seamos muy similares, nos damos cuenta que en lo más primitivo de nuestra existencia existen rasgos que nos distinguen de los demás, incluso entre los hermanos gemelos.

Estas diferencias no son tan importantes en la práctica convencional de la medicina pero, desde nuestro punto de vista que es la medicina sistémica, son cruciales para llevar a cabo una adecuada evaluación y proceso terapéutico individualizados.

El conjunto de estos factores distintivos conforman lo que denominamos como la individualidad biológica. Este concepto se refiere a la capacidad única de cada ser humano de comportarse y de reaccionar ante eventos, estímulos, factores medioambientales, tratamientos , entre otros, de una manera muy particular, individual.

Este patrón de comportamiento único se manifiesta (bajo nuestro modelo arquetípico del sistema humano) a través de 5 Unidades Estructurales y Funcionales del Sistema, las cuales, son pilares con los que el sistema cumple con sus necesidades de existencia. A este conjunto de Unidades interrelacionadas las llamamos el Terreno Biológico.

Se podría reconocer como un terreno estructural al conjunto de elementos que mantienen la geometría, la proyección espacial y la localización del sistema humano, vinculado con el sistema esquelético, la red de colágeno y el citoesqueleto fundamentalmente; un terreno bioquímico que es el campo donde ocurren las reacciones químicas del cuerpo, un terreno psicoemocional que es el campo que guarda patrones psicológicos y las herramientas de nuestra personalidad, además de un terreno biofísico que es otra área en la que suceden las interacciones electromagnéticas y sutiles del ser humano entre todas sus partes y con su entorno y, finalmente, un terreno trascendental, en el cual, reside la chispa de la plena evolución humana y de la conciencia trascendente.

Estos campos forman uno solo que es la unidad humana, pero los desglosamos para interactuar más fácilmente con ellos en el momento del diagnóstico y el tratamiento.

Dos personas pueden recibir el mismo estímulo (medicamento, bacteria, palabras) y reaccionar muy diferente uno de otro. Nuestra individualidad matiza las respuestas ante cada impacto.

Considerando esto, es muy importante, entonces, no solo saber QUÉ enfermedad tiene la persona sino QUIÉN es el que la tiene y cómo llegó a ella. Si solamente tratamos el CÓMO se comporta la enfermedad -que es lo que hacemos con antihistamínicos, antiinflamatorios, antiarritmicos- podríamos sentirnos tranquilos de que los síntomas quizá se calmarán, sin embargo, estamos muy lejos de garantizar la cura de raíz del problema.

Para esto debemos conocer y comprender el camino a través del cual se llegó a la enfermedad y, a su vez, trazar una ruta de vuelta -siempre y cuando se pueda y que las leyes de este mundo lo permitan- a un estado dinámico de salud.

Nuestra capacidad de respuesta se puede ver afectada por restricciones crónicas del movimiento esquelético, acumulación de sustancias químicas como metales pesados, herbicidas, pesticidas, solventes, medicamentos, mala alimentación, radiación, estrés, la genética, dificultades en la personalidad para enfrentar los eventos vitales, patrones mentales, etcétera.

Como resultado de esto, en cada individuo la ausencia de una sana función de determinada área tomará caminos de expresión diferentes, manifestándose como problema de salud de una manera particular.

El objetivo de nuestro enfoque es eliminar estos factores impregnados en el funcionamiento Sistémico y permitir que las estrategias humanas de recuperación se reactiven. La capacidad del cuerpo de retomar un estado óptimo de salud es muy alta, pero no lo aprovechamos lo suficiente cuando nos contentamos sólo con calmar los síntomas.


Publicado 25 de Abril, 2019
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Dr. Alejandro Espinosa Sosa

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